DÍA DEL PERIODISTA – 7 DE JUNIO

Noches del Montparnasse Pub

Por Dirty Ortiz | Escribe en medios gráficos de Córdoba | Trabaja como docente | Autor de dos libros de crónicas nocturnas | Egresado de la Escuela de Ciencias de la Información en 1988


No era la primera vez que entraba a una redacción. A finales de los años setenta me había tocado ir a la de La Voz del Interior en la avenida Colón, donde Manolo Lafuente me había recibido una gacetilla en esa especie de departamentito que tenía la sección Espectáculos.
También había conocido la redacción de Hortensia, cuando -ya muerto el Gordo Cognigni- un ilustre consejo directivo intentaba seguir remándola desde los galpones de la imprenta Graziani. Y había estado en Tiempo de Córdoba, sobre avenida General Paz, donde mis interlocutoras eran Mercedes Outumuro y la Negra Grotti.
Pero esto fue distinto, porque entré en la redacción del diario La Calle y me quedé. Trabajé en ese lugar durante seis meses, hasta que un 28 de diciembre cerraron la empresa porque los dueños se dieron cuenta de que no les alcanzaba la plata.
Llegamos ese día y nos encontramos con una ingrata novedad: de arriba nos comunicaban que si no “limpiaban”
a unos cuantos empleados el diario tenía que bajar la persiana. Hubo una asamblea para decidir qué hacíamos,
en la cual Sarlanga se ofreció como primer voluntario para irse. “Yo ya estoy grande y tengo una vida hecha”, dijo el viejo. Pero la decisión fue que nos quedábamos todos o no quedaba nadie.
Ofrecieron pagarnos a todos un 60 por ciento de la indemnización y nuestros abogados opinaron que era un arreglo interesante. Con esa plata me compré un equipo de audio Hitachi. Y usé 200 dólares que me quedaron para viajar a Brasil, donde estaba a punto de empezar el primer Rock In Rio. Pero tuve que pegar la vuelta desde Porto Alegre porque los pasajes hacia Rio de Janeiro se habían agotado. Así terminó esa primera experiencia de trabajo en una redacción.
La sede del diario estaba en el mismo edificio donde desde hace años funciona la discoteca La Barra, sobre la segunda cuadra de la calle Lima. Cuando empezamos a trabajar, la redacción se ubicaba en el primer piso, al que nosotros, los más chicos, habíamos decorado con pegatinas de fotos y titulares en las paredes, como se estilaba entonces.
Yo entré para escribir la página de misceláneas, que acompañaba la sección donde se amontonaban los clasificados, los chistes y los crucigramas. Pero a poco de que el diario saliese terminé trabajando en la sección Arte y Espectáculos. Redactábamos las notas a máquina, en hojas pautadas que tenían el membrete del diario. Y cuando una noticia venía de agencia, cortábamos el texto de la cablera y los pegábamos con Plasticola. Las tipeadoras se encargaban del resto.
En esas redacciones los correctores no eran automáticos, sino humanos. La gente fumaba y el humo se estacionaba entre nuestras cabezas y el techo, formando una masa compacta. Después, el olor a pucho se impregnaba en nuestro pelo, en nuestra ropa, en nuestras almas.
Y por las noches, mientras cenábamos en Il Pappagallo di Bologna, soñábamos que íbamos al Montparnasse Pub. Un lugar imaginario que, como chiste interno, agregábamos religiosamente en la cartelera todos los fines de semana.

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